Colorín colorado...

El viernes por la tarde, Braddock me pidió que no hiciese planes para el sábado, pero sí la maleta. Y yo, obediente por naturaleza cuando se trata de salir del Monstruo, metí cuatro trapejos en un bolso de viaje, dormí cuatro horitas y desperté en el aeropuerto de Gerona dispuesta a coger un barco fantasma. Pero, en lugar de eso, me vi recorriendo el Sur de Francia sin aparente destino fijo en una carroza marca Ford (o era Renault -seguro era gris-).
A pesar de que el enigmático y apuesto conductor insistía en que el fin de semejante periplo no era meterme a la fuerza en un coqueto zulo del Pirineo francés, sino asistir a un festival de cine erótico festivo en Perpignan, mi infalible olfato me decía que olía a perdices que tiraba para atrás, así que me dejé llevar (nunca mejor dicho), y en un abrir y cerrar de ojos me vi sentada en la muralla de Carcassonne (ataviada con un sombrero de copa y un espeso bigote) diciéndole a mi raptor un sonoro "pues claro" al tiempo que inundaba de mocos de alegría la piedra milenaria.
Continuará...