Los pliegues de mi falda forman una imagen de la península Ibérica que ni el Meteosat, oiga. Está claro que las caras de Bélmez tienen más chicha, pero quizá a Iker le interesen los fenómenos paranormales que tienen lugar en mi armario...
Tengo la mala costumbre de hablar con los objetos. Es algo que no puedo evitar. Cuando me despierto y voy directa a la ducha para intentar borrar las huellas del sueño, siempre le pido con cortesía extrema que me regale agua caliente; el microondas debe estar harto de que le meta prisa; me despido del ordenador cuando lo apago y le doy las gracias por ser tan obediente; hablo con la cafetera, regaño al ascensor, saludo a la grapadora...
Normalmente, todas estas cosas sin lengua suelen ser muy reservadas y silenciosas, pero, de vez en cuando, me cuentan historias fascinantes...
Por fortuna para mi sentido de la vista, las paredes aún no han sucumbido a los maléficos encantos de la toxina botulínica. Y es que me estremezco al pensar en el número de Fedoras por metro cuadrado que existen en este planeta de locos...
Teniendo en cuenta que en el mundo hay muchas más personas que juegan al escondite -en sus múltiples variantes- que al fútbol o al curling, no entiendo por qué a nadie se le había ocurrido que deberíamos estar federados. Pero, no os preocupéis, ya estoy terminando de redactar los estatutos...