Esperanza abstracta
Hace unos meses compré un montón de ovillos de lana para que Brueghel la Vieja me tejiese una manta de otoño. No pudo ser. Hoy tengo un montón de ovillos de lana y no sé tejer una manta de otoño. No va a poder ser. Hace unos meses Brueghel la Vieja me dijo que se necesitaba demasiado tiempo. ¿Demasiado tiempo? ¿Cuánto es demasiado? Nunca llevo reloj. El caso es que el tiempo tenía mucha prisa, demasiada. Ahora entiendo el adverbio. Ayer, que ya se fue, los ovillos me dijeron que querían ser manta. ¡Qué contrariedad! -Pues tendréis que ser bufanda -contesté.
Chúchez
Adiós, mami
El sábado por la mañana mi Chinita emprendió un viaje sin maletas. Ella conocía el destino, pero yo aún no lo tengo claro, así que la busco en su sillón, en su armario, en la cocina, en los cajones del cuarto de estar... La encuentro en muchos sitios y en ninguno. Migajas de un ser humano increíblemente sencillo y vital esparcidas por mi casa y por el corazón de los que la queremos. Pero yo tengo demasiada hambre, hambre de su voz, de su cuerpo gordito, de ver la respuesta en sus ojos, que son los míos. Sin ella soy un trasto aprendiendo a ser objeto, una obra inconclusa, una niña de treinta años perdida en un supermercado que llaman mañana. Me siento solilla, mamá. Y tú por ahí, haciendo no sé qué. Te imagino en el cielo y me da la risa. Liándola parda, seguro. Joder, gordita, qué feo y raro es todo sin ti.
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